Felipe
González publica en portada del El País, una carta o article dirigit als
catalans. La reprodueixo a continuació, amb els meus comentaris personals.
Només un resum dels meus sentiment després de llegir-la: un dels més grans
problemes del conflicte actual entre Catalunya i Espanya és el diferent marc
mental, el diferent frame polític que existeix entre les dues parts. Em desconsola
també el constatar el baix
nivell intel·lectual i argumental que es dona per part d’Espanya. Amb enfocs
diferents i en base a tòpics, no ens en sortirem.
A los catalanes
Hace casi dos décadas que salí de la presidencia del Gobierno de España. No
tengo responsabilidades institucionales ni de partido. He recuperado la
sencilla condición de ciudadano, aunque en todo momento comprometido con
nuestro destino común. Por ese compromiso con España, espacio público que
compartimos durante siglos, me dirijo a los ciudadanos de Cataluña para que no
se dejen arrastrar a una aventura ilegal
e irresponsable que pone en peligro la convivencia entre los catalanes y entre
estos y los demás españoles.
¿Querer
votar es ilegal? ¿Ejercer el derecho de manifestación es irresponsable? ¿Qué quiere
decir o insinuar con la frase “pone en peligro la convivencia”? ¿Es una amenaza?
Siempre he sentido gratitud por vuestro
apoyo permanente y mayoritario para la tarea de gobierno. Siempre, incluso
cuando este apoyo era declinante en el resto de España. Y gracias a esta
sintonía he podido representaros con orgullo, como a todos los españoles, en
Europa, en América Latina y en el mundo. Con vuestra confianza hemos progresado
juntos, durante muchos años, superando la pesada herencia de la dictadura,
consolidando las libertades, sentando las bases de la sociedad del bienestar y
reconociendo, como nunca antes en la historia, la identidad de Cataluña y su
derecho al autogobierno.
Efectivamente
en Catalunya el PSC-PSOE ha tenido una gran fuerza electoral. De hecho todas las
mayorías socialistas en el Parlamento español se han basado en muy buena parte
en grandes resultados en Catalunya. Sin los votos al socialismo de Catalunya,
Rajoy hubiera ganado las elecciones a Zapatero. Y ahora esto no pasa, pero
Felipe no se pregunta por qué los votos al PSC han pasado de casi un 38% en
1999 a menos de 15% en 2012.
He creído y creo que estamos mucho mejor juntos que enfrentados:
reconociendo la diversidad como una
riqueza compartida y no como un motivo de fractura entre nosotros. Para mí,
España dejaría de serlo sin Cataluña, y Cataluña tampoco sería lo que es separada
y aislada.
Felipe
sigue nombrando la “diversidad” y sólo le falta el añadido “entre los hombres y
las tierras de España” como decía el NODO y la televisión franquista. El
problema no es de diversidad sino de reconocimiento como sujeto político, como
nación; es decir Felipe concibe a España como estado unitario, sin ningún carácter
plurinacional.
La idea de “desconectar” de España, como propone Artur Mas, en un extraño y disparatado frente de rechazo y
ruptura de la legalidad, tendría unas consecuencias que deben conocer todos:
Otro
tópico dominante en el ámbito español: lo que está pasando es una propuesta,
una locura, personal de Artur Más. ¿Nadie le ha explicado que el proceso ha
sido al revés? Que fue Más (y otros) que cuando se vio desbordado por la
amplitud de la manifestación del once de setiembre de 2012, para no ser
arrinconado, ha intentado ponerse al frente de la marea para intentarla liderar. ¿No aprovechó nada de la conversación que tuvo con Mas en el programa de Jordi Evole?
— Desconectarían de una parte sustancial de la sociedad catalana,
fracturándola dramáticamente. Ya se
siente esa fractura en la convivencia, y se empiezan a oír voces de rechazo a los que no tienen “pedigrí”
catalán. Esos ciudadanos catalanes se sienten hoy agobiados porque se está
limitando su libertad para expresar su repudio a esta aventura, porque le
niegan o coartan su identidad —catalana y española— que viven como una riqueza
propia y no como una contradicción.
En el
segundo párrafo de su escrito, González pone en valor la “consolidación de las
libertades” tras la dictadura. Estas libertades de expresión, asociación,
opinión, siguen vigentes en Catalunya bajo el amparo de la Constitución
Española. En Catalunya se oyen, ven y leen la mayoría de los medios de comunicación
de ámbito “nacional”, o sea español. Sigue con los tópicos ¿Dónde siente Felipe
la fractura de la convivencia? Quizás en el mismo lugar que ya hace tiempo la detectó
el inefable Ministro del interior, en las comidas de Navidad. ¿O se refiere a
incidentes como el ocurrido en Madrid el pasado once de setiembre cuando grupos
de extrema derecha reventaron un acto institucional de la Generalitat de
Catalunya? (por cierto alguno de los asaltantes era familiar de un ministro en activo)
Por
otro lado, González no oye, o no quiere oír, la inmensa mayoría de opiniones
favorables a un proceso que no se basa en la identidad sino en la inclusión, no
en la raza o el origen sino en la ciudadanía actual. Eso sí, si algún “brétol”
(que haberlos hay los), dice una tontería, se eleva la anécdota a categoría, y el
sr. González habla de exigencias de pedigrí, paso previo a introducir el
concepto de raza.
Tampoco
escuchó en su día a José Montilla (por cierto ciudadano que según González no
tiene “pedigrí” catalán) que mientras fue presidente de la Generalitat mantuvo
un mensaje constante en sus discursos y artículos dirigidos al ámbito español,
avisando del riesgo de desafección de Catalunya hacia España si el Constitucional
inhabilitaba el Estatut. Ni él ni otros socialistas le hicieron caso.
— Desconectarían del resto de
España, rompiendo la Constitución, y por ello el Estatuto que garantiza el
autogobierno, y la convivencia secular en este espacio público que compartimos.
En el límite de la locura, empiezan
a ofrecer ciudadanía catalana a los aragoneses, valencianos, baleares y
franceses del sur. Hemos pasado épocas de represión de las diferencias, de los
sentimientos de pertenencia, de la lengua, pero desde hace casi cuatro décadas,
con la vuelta de Tarradellas,
entramos en una nueva etapa de reconocimiento de la diversidad y de
construcción del autogobierno más completo jamás habido en Cataluña.
Más
de lo mismo. Se aferra a una (sola) declaración impresentable de un Conseller,
y se diagnostica nada menos que una situación de locura. Por cierto, cuando Felipe
nombra a Tarradellas, ¿tiene presente que su vuelta fue un acto político del
Gobierno Suarez que forzó al máximo la legalidad entonces vigente para acabar
reconociendo la legitimidad ¡republicana! de la Generalitat?. Ante un gran problema,
una manifestación de medio millón de personas en 1977, el Gobierno español de
entonces actuó políticamente. No como pasa ahora
— Desconectarían de Europa, aislando a Cataluña en una aventura sin propósito
ni ventaja para nadie. ¿Imaginan un Consejo Europeo de 150 o 200 miembros en la ya difícil
gobernanza de la Unión? Porque ese sería el resultado de la descomposición de
la estructura de los 28 Estados nación que conforman la UE. ¿Imaginan al Estado
francés cediendo parte de su territorio para satisfacer este nuevo
irredentismo? Nadie serio se prestará a ello en Europa y, menos que nadie,
España, que tanto luchó por incorporarse y participar en la construcción
europea, tal como es, con su diversidad y, por cierto, con el máximo apoyo de Cataluña.
Felipe
mete ahora miedo al resto de Estados. Porqué si Catalunya solicita un
referéndum legal para consultar su voluntad –o no- de independencia, esto traería
como consecuencia que cada estado actual de Europa se dividirá por 7 de
promedio. Si en Escocia hubiera ganado el Sí al referéndum, ¿estaría Europa
organizándose en 200 estados?
En
referencia al máximo apoyo que ha tenido en Catalunya a la integración en
Europa, tiene razón Felipe: en Catalunya siempre hubo y hay una gran vocación
europea. Durante mucho tiempo la idea de Europa era la que nos podía librar de
ser regidos por una dictadura militar. Y continua siendo un ideal, de forma que
la reivindicación de ser nuevo estado, se expresa en los términos de “ser un
nuevo estado europeo”
— Desconectarían de la dimensión iberoamericana (que tanto valor y
trascendencia tiene para todos) y especialmente de Cataluña porque este vínculo
se hace a través de España como Estado nación y de la lengua que compartimos con 500 millones de personas —el
castellano—, como saben muy bien los mayores editores en esta lengua, que están
en Barcelona.
Desde
una posición crítica con los nacionalismos (no estatales) Felipe se abraza al tipo
de nacionalismo identitario, al considerar que por el hecho de tener como
lengua propia el catalán, la Catalunya independiente no podría seguir liderando
la edición en castellano. Identifica
pues nación con lengua, lo cual no deja de ser coherente con el nacionalismo
español más clásico. Supone igualmente que el castellano no sería oficial en
una Catalunya independiente, lo cual está por ver, aunque sólo fuera por
utilitarismo puro: no se puede renunciar al conocimiento y dominio de una
lengua tan importante como el castellano.
Naturalmente afirman lo contrario: “Solo queremos desconectar de España”.
¿De qué España? ¿La que excluye también Aragón, Valencia y Baleares? Los
responsables de la propuesta saben que lo que les estoy diciendo es la verdad,
si se cumpliera ese “des-propósito”. En realidad tratan de llevaros, ciudadanos
de Cataluña, a la verdadera “vía muerta” de la que habla Mas, en un extraño
“acto fallido”. Vivimos en la sociedad más conectada de la historia. La
revolución tecnológica significa “conexión”, “interconexión”, todo lo contrario
a “desconexión”. Cada día es mayor la
interdependencia entre todos nosotros: españoles de todas las identidades,
europeos de la Unión entre 28 Estados nación, latinoamericanos de más de 20
países, por no hablar de nuestros vecinos del sur o del resto del mundo.
Pregunten a sus empresas, las que crean riqueza y empleo por esta desconexión.
No
entiendo mucho este espeso párrafo. Efectivamente con la globalización hay cada
día más interdependencia. Y la posición de muchos catalanes es favorable a ser
independiente en España y federalista en Europa; deduzco que no aprovechó mucho
sus conversaciones con Pasqual Maragall.
La propuesta que hace esa extraña
coalición unida solo por el rechazo a España, sea cual sea el resultado de
la falseada contienda electoral,
puede ser el comienzo de la verdadera “vía muerta”. ¿Cómo es posible que se
quiera llevar al pueblo catalán al aislamiento, a una especie de Albania del siglo XXI? El señor Mas engaña a los independentistas y a
los que han creído que el derecho a decidir sobre el espacio público que
compartimos como Estado nación se
puede fraccionar arbitraria e ilegalmente, o que ese es el camino para negociar
con más fuerza. Comete el mismo error que Tsipras en Grecia, pero fuera de la
ley y con resultados más graves.
A las
elecciones no se presenta sólo esa “extraña coalición”, hay todas las opciones
posibles, desde el españolismo radical de derechas representado por el PP al
independentismo de izquierdas de la CUP. Hay opciones, habrá campaña electoral,
libertad de opinión y de voto ¿en base a qué habla de “falseada contienda
electoral”? Las elecciones son autonómicas y si acaban teniendo carácter de referéndum
será porque el Parlamento y el Gobierno español impidieron una consulta legal.
Vuelve
a insistir centrando el protagonismo –y el liderazgo- en Más, quizás porqué es
más fácil de resolver una petición, idea o locura de una persona, que la de un
gran conjunto de ciudadanos. La verdadera idea del concepto de España para
Felipe se vuelve a traslucir cuando la define como Estado nación (implícitamente
como una grande y libre) y no como nación de naciones.
Lo de
comparar con Albania y Grecia podría haber sido peor, lo podría haber hecho con
Corea del Norte, Venezuela o el ISIS. No hay argumentación, sólo desdén y
amenaza.
¿Qué pasó cuando se propuso a los griegos una consulta para rechazar la
oferta de la Unión Europea y “negociar con más fuerza”? Después de que más del
60% de los griegos lo creyeran, Tsipras aceptó condiciones mucho peores que las
que habían rechazado en referéndum, con el argumento, que sabían de antemano,
de que no tenían otra salida.
¿Sabían que no había otra salida y engañaron a los ciudadanos?
Felipe: ¿y que pasó con Grecia para que la Troika le impusiera unas condiciones tan draconianas?
¿Por qué no hubo, como defendían algunos, incluido el FMI, una quita parcial de
la deuda? ¿Que pasó con Grecia que no pasa en Ucrania? Anteayer este país obtuvo
de sus países acreedores (excepto Rusia) una quita del 20% de su deuda; ¿por
qué Grecia no?
Pueden creerme. No conseguirán, rompiendo
la legalidad, sentar a una mesa de negociación a nadie que tenga el deber
de respetarla y hacerla cumplir. Ningún responsable puede permitir una política
de hechos consumados, y menos rompiendo
la legalidad, porque invitaría a otros a aventuras en sentido contrario.
Todos arriesgaríamos lo ya conseguido y la posibilidad de avanzar con diálogo y
reformas.
¿Y
qué hacemos? Llevamos más de tres años de proceso sin que nadie en el estado
español haya ofrecido una propuesta política concreta para encauzar y resolver
el problema. El sr. González se junta al sr. Rajoy exigiendo el respeto a la
legalidad y al estado de derecho; a un marco jurídico que los poderes reales no
tienen ninguna intención de modificar. En un artículo reciente Jordi Borja*
decía “La conquista de los derechos es un proceso gradual con momentos críticos
fuertes. Es la lógica inherente a la democracia. El marco jurídico-político
está sometido permanentemente a cuestión. Cuando la exigencia de nuevos
derechos o de exigencias mayores respecto a su eficacia real se acumulan y el
Estado de derecho no las asume ni satisface entonces, y en nombre de la democracia,
la ciudadanía o “el pueblo” tiene derecho a la insurrección. Se produce una
crisis política que puede derivar en una
revolución democrática para establecer nuevos derechos, nuevos procedimientos y
nuevas políticas públicas”
Eso es lo que necesitamos: reformas pactadas que garanticen los hechos
diferenciales sin romper ni la igualdad
básica de la ciudadanía ni la soberanía de todos para decidir nuestro
futuro común. No necesitamos más liquidacionistas en nuestra historia que
propongan romper la convivencia y las reglas de juego con planteamientos
falsamente democráticos.
Expresa
en este párrafo el núcleo duro del pensamiento felipista y de los defensores de
la Constitución actual: Igualdad y soberanía común de todos los españoles, ciudadanos
de un estado nación unitario. Constato que González no nombra en todo su
escrito ni una sola vez la palabra “federal”, no existen para él pues ni pactos
(etimología de federación), ni unidades constituyentes. Sólo ciudadanos.
Si la reforma de la ley electoral catalana no ha podido aprobarse porque no
se da la mayoría cualificada prevista en el Estatuto, ¿cómo se puede plantear
en serio la liquidación del mismo Estatuto y de la Constitución en que se
legitima, si se obtiene un diputado más en esa lista única de rechazo? ¿Cómo el
presidente de la Generalitat va en el cuarto puesto, como si necesitara una
guardia pretoriana para violentar la ley?
En
este punto estoy en buena parte de acuerdo con González: si hay un referéndum vale
la mayoría de votos; si hay elecciones a representantes, creo necesarias las mayorías
cualificadas. En cuanto a la lista única, mi opinión es que ha sido una imposición
de Más, para no tener que presentarse a unas elecciones bajo las siglas de su
propio partido, y no tener que correr el riesgo de pasar a la historia como el
Presidente que cogió a su partido con 62 diputados y lo dejó en la mitad al
cabo de 5 años.
Felipe
podría también valorar qué ha hecho su partido, en España y en Cataluña, para
pasar de los 52 diputados en 1999 con Maragall a posiblemente menos de 15 en las
próximas.
Es lo más parecido a la aventura alemana
o italiana de los años treinta del siglo pasado. Pero nos cuesta expresarlo
así por respeto a la tradición de convivencia de Cataluña. El señor Mas sabe
que, desde el momento mismo que incumple su obligación como presidente de la
Generalitat y como primer representante del Estado en Cataluña, está violando
su promesa de cumplir y hacer cumplir LA LEY. Se coloca fuera de la legalidad,
renuncia a representar a todos los catalanes y pierde la legitimidad
democrática en el ejercicio de sus funciones.
¿“Tu
quoque Felipe”? Tú también -como si fueras un tertuliano de la caverna- haciendo
comparaciones, de Catalunya con la Alemania nazi y la Italia fascista. Siento
verdadera pena. Te voté muchos años, porque ofrecías, o eso me creí, una
capacidad política y de percepción de la realidad muy diferente.
No estoy de acuerdo con el inmovilismo
del Gobierno de la nación, cerrado al diálogo y a la reforma, ni con los
recursos innecesarios ante el Tribunal Constitucional. Pero esta convicción,
que estrecha el margen de maniobra de los que desearíamos avanzar por la vía
del entendimiento, no me puede llevar a una posición de equidistancia entre los
que se atienen a la ley y los que tratan de romperla.
Para
que no se diga que González no es un buen socialista, palo final a gobierno del
PP. Pero en todo el artículo ni una propuesta política concreta, ni una vía de
negociación, ni un análisis con un mínimo de empatía hacia los millones de
catalanes que llevan años manifestándose pacíficamente y pidiendo sólo poder
votar.
No creo que España se vaya a romper, porque sé que eso no va a ocurrir, sea cual sea el resultado electoral.
Creo que el desgarro en la convivencia que provoca esta aventura afectará a
nuestro futuro y al de nuestros hijos y trato de contribuir a evitarlo. Sé que
en el enfrentamiento perderemos todos. En el entendimiento podemos seguir
avanzando y resolviendo nuestros problemas.
Felipe,
como Sandro Rey, sabe el futuro. Pues yo reconozco que no.
JL Campa
* Jordi
Borja. Democracia, insurrección ciudadana y Estado de derecho. La Maleta de
Portbou. Nº 12. Barcelona. Julio 2015