Adjunto l'article d'avui a La Vanguardia d'Antoni Puigverd. Com deia el filòsof: "No hace falta decir nada mas"; o potser sí: PÁSALO!!!
Només aclarir que agafo la versió en castellà per que ningú pugui dir que no l'enten:
Sostiene el fiscal general que
miles de catalanes están abducidos. Rodríguez de la Borbolla, expresidente
andaluz, titula: “La Catalunya epiléptica” (que se escude en el maestro Gaziel
hace más hiriente si cabe el adjetivo). José Borrell es más benévolo: los catalanes
son víctimas “de una lluvia fina de mentiras y desinformación”. Paráfrasis con
significado preciso: los catalanes no saben discernir la verdad. Hace muchos
años que escuchamos afirmaciones de este calibre: no en los bares de
noctámbulos o en alguna alcantarilla de Twitter, sino en diarios de la máxima
credibilidad. En estos medios, las críticas más o menos razonables al
catalanismo, habituales desde hace tres lustros, se combinan, sin solución de
continuidad, con demonizaciones genéricas. Mil veces se ha dicho: Catalunya es
un país enfermo, victimista, insolidario, adoctrinado, egoísta, ensimismado,
etcétera.
La semana pasada un escritor de
cuyo nombre prefiero no acordarme*, un hombre que ha sido tratado en la Girona
cultural con solícito respeto y afecto, dedicó una vez más su columna en el
diario de mayor tirada a vincular el nazismo con lo que acontece “en la
región”. No contento con ello, condenó genéricamente a los gerundenses, ya que
“aquella provincia es un clon de Guipúzcoa y comparte con ella lo montaraz, la
víscera y el arcaísmo. Es gente de religión y trabuco”.
Este tipo de generalizaciones
serían condenadas si se aplicaran a cualquier otro colectivo: los gays, las
mujeres, los musulmanes. La civilización occidental considera xenófoba la caracterización
negativa de un colectivo, pero en España, al parecer, la civilización encoge
cuando se habla de los catalanes. Ha llegado el momento de calificar como
culpable el silencio de muchos intelectuales ante estas actitudes despectivas
que ya Quevedo degustó. El vicio no es tan remoto como el antisemitismo, pero
cumple la misma función: denigrar a una minoría interna para cohesionar a la
mayoría; convertir a la minoría en el chivo expiatorio.
La constancia en el insulto
genérico y el desprecio de los catalanes debería servir para entender por qué
está pasando lo que pasa. Son muchas las razones que explican el delicadísimo
momento actual. Pero la primera de todas es la falta de respeto.
Ciertamente, también se producen
excesos verbales en Catalunya. El verbo excitado, despectivo o hispanofóbico no
es por desgracia infrecuente en determinados digitales o en TV3; y por supuesto
en algunas fosas sépticas de Twitter. La estrella de esta corriente es Rufián,
que, sin embargo, ha sido tan criticado en los periódicos de Barcelona como en
los de Madrid. El lenguaje ofensivo siempre es condenado en los principales
diarios catalanes. Por supuesto, cuando en Catalunya se dice alguna barbaridad,
en toda España una legión de articulistas pone el grito en el cielo. Es
inevitable, pues (a riesgo de confirmar lo del trabuco y la religión) pensar en
aquella metáfora evangélica: “¿Cómo puedes decirle: ‘Hermano, déjame sacar la
paja que está en tu ojo’, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo?
Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para
sacar la paja que está en el ojo de tu hermano” (Lucas 6, 42).
Aunque se ha repetido mil veces,
en Catalunya no hay unanimismo. Lo vemos claramente hoy. Al contrario. Mientras
yo y tantos otros articulistas poníamos en cuestión, hace treinta años, el
nacionalismo de Herder forjado por Pujol, hemos esperado en vano una corriente autocrítica
con el españolismo de Aznar (que sintetizó a José Antonio con el liberalismo).
La estoy esperando todavía. Todavía espero que los líderes españoles del
periodismo y la política osen cuestionar el mito más falso. El mito inicial: el
de los 500 años de nación (“la más antigua de Europa”). Rajoy apela a ella
constantemente. En el reciente debate del Parlament lo utilizó el portavoz del
PP; y Miquel Iceta le secundó. ¡Por favor! ¡Eso sí es producto del
adoctrinamiento! Siempre se olvida que muchos de los que ahora mandan en España
se educaron en la Formación del Espíritu Nacional (FEN).
Son 500 años de Estado, cosa muy
distinta. Un Estado con territorios diversos que fueron reducidos a las “leyes
de Castilla” después de 1714. Tampoco es verdad, como dice el romanticismo
catalán, que hasta 1714 los catalanes estuviéramos al margen de España. Para lo
bueno y lo malo, la relación es muy antigua.
Los estudios demoscópicos
demuestran que, ni en este gravísimo momento, la mayoría de los catalanes desea
romperla. Pero tampoco quiere someterse a la versión posmoderna del decreto de
nueva planta que jacobinos, liberales, conservadores y ultraderechistas se
empeñan en imponer, desde que los intelectuales del aznarismo
instrumentalizaron al filósofo Habermas y su patriotismo constitucional.
Mientras el dilema sea sumisión o ruptura, el pleito persistirá (por más que la
fuerza legalista imponga). El pleito sólo encontrará pausa y respiro el día en
que las élites españolas del periodismo y la política consulten en el
diccionario el significado de la palabra respeto.
ANTONI PUIGVERD
* Es refereix a Félix de Azua. El seu article és un exemple paradigmàtic del que denúncia Puigverd