Textos sobre el PATRÓN
ORO extraidos del libro VENTAJAS Y RIESGOS DEL PATRÓN ORO PARA LA ECONOMÍA
ESPAÑOLA (1850-1913). María Concepción García-Iglesias Soto BANCO DE ESPAÑA.
ESTUDIOS DE HISTORIA ECONÓMICA, N.º 47
Durante los últimos años del siglo XIX, casi todos los países europeos adoptaron el patrón oro, un régimen que funcionó bien hasta la Primera Guerra Mundial. Por el contrario, España permaneció al margen de este sistema. La economía mundial, así como la española, sufrieron grandes perturbaciones durante la década de 1870 y se llegó a pensar que el patrón oro era la solución para mitigar estas alteraciones. Era el mecanismo perfecto para evitar desequilibrios en la balanza de pagos, satisfacer los objetivos de las autoridades monetarias y proporcionar estabilidad en los precios y en el tipo de cambio. El sistema podía funcionar siempre y cuando la libra esterlina, moneda líder del sistema, fuera suficientemente fuerte y su convertibilidad con el oro estuviera siempre asegurada.
Básicamente, el patrón oro era un sistema de ajuste internacional de la balanza de pagos, capaz de equilibrar los déficits o superávits en el corto plazo usando el oro como circulante.
El patrón áureo permitía el movimiento de oro de un país a otro para reestablecer el equilibrio en las balanzas de pagos. Si la balanza de pagos era negativa debido a la imposibilidad de obtener un superávit en la cuenta corriente, el oro salía del país y la oferta monetaria nacional se contraía. En el corto plazo, el tipo de interés subía y los precios bajaban, regresando de nuevo a una situación de equilibrio. Si, por el contrario, el país tenía superávit, el proceso era el inverso. Como resultado, el patrón oro se consideraba un sistema muy eficiente para ajustar las balanzas de pagos internacionales.
El patrón oro representaba un sistema de compromiso creíble por parte de los países miembros y, aunque se consideraba una regla nacional, tenía unas importantes dimensiones internacionales.
Se trataba de un sistema complejo de instituciones y políticas económicas. Aquellos países que adoptaron el patrón oro se caracterizaban por tener un déficit fiscal bajo, un crecimiento económico estable y unos niveles de inflación inferiores al de los países que no pertenecían al sistema monetario internacional. Así, también las tasas de interés eran más bajas y los niveles de inversión más altos, lo que les permitía disfrutar de unos niveles de crecimiento de renta per cápita bastante razonables.
Pero había que pagar un precio por pertenecer al régimen monetario internacional. Los países del patrón oro no podían seguir políticas fiscales expansionistas ni modificar el tipo de cambio para responder a las perturbaciones exógenas. Sus sistemas políticos internos debían estar lo suficientemente bien estructurados para que los gobiernos se mantuvieran en el poder hasta que esa alteración económica hubiera pasado. Los países que no se adherían al patrón oro podían absorber las perturbaciones de corto plazo a través de ajustes económicos, pero reduciendo con ello las perspectivas de crecimiento en el futuro.
Estudios recientes en historia monetaria confirman que el patrón oro tuvo mucho éxito en los principales países en los que se adoptó, como Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos.
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España, sin embargo, se mantuvo al margen de estos grupos. Durante el período de 1873 a 1879, cuando la mayoría de los países comenzaba a adoptar el patrón oro, España mantuvo el patrón bimetálico, determinando cambios fijos en oro y plata. La producción de plata aumentó y su precio en relación con el oro se redujo. En una situación como esta, las dificultades surgieron en los países con patrones bimetálicos: la depreciación de la plata era inevitable y, por la ley de Gresham, las monedas de oro eran exportadas por aquellos países que tenían un sistema bimetálico, mientras que las monedas de plata eran importadas. España decidió entonces adoptar un patrón plata de facto, donde el valor intrínseco de la moneda era menor que su valor de mercado. Las autoridades pensaron que era más beneficioso mantener monedas de plata que de oro, a pesar de que el valor de las primeras disminuía en el mercado. La convertibilidad de los billetes fue finalmente suspendida en 1883, sin volverse nunca a reinstaurar, ni antes ni después de la Primera Guerra Mundial.
Otros países europeos con problemas políticos y monetarios similares decidieron seguir el régimen internacional, como fue el caso de los miembros de la Unión Monetaria Latina, a la que España estaba estrechamente ligada. ¿Por qué entonces España no hizo lo mismo? Una serie de factores sugiere que la decisión de no adoptar el patrón oro fue la correcta. El Banco de España no podía mantener el nivel de reservas exigido para pertenecer al patrón oro. La salida de oro del país durante la década de los años setenta, así como durante la imposición del arancel de 1891, disminuyó considerablemente la cantidad de reservas. Esta política española de seguir de cerca el patrón oro sin someterse por completo a sus reglas le permitió seguir una política monetaria autónoma, pero pagando a cambio un precio considerable.
España probablemente experimentó un menor crecimiento económico por el hecho de no adoptar el patrón oro, reduciendo la capacidad de acceso a los mercados de capitales internacionales y, por tanto, su desarrollo económico.
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Durante el período 1880-1913, la intención de adoptar el patrón oro estuvo siempre presente en España, especialmente después de 1900, pues, aunque nunca se adoptó el sistema, se comportó como si lo hubiera hecho. Existía el compromiso creíble de seguir el régimen internacional, pero no se tomó ninguna decisión formal al respecto. La razón pudiera ser simplemente el miedo a la carencia de oro requerida por el patrón oro. Pero, a lo mejor, pudiera encontrarse en que estas fueran las condiciones impuestas por los tenedores de deuda pública antes de aceptarla; o, quizás, se trataba de una política intencionada para equilibrar los intereses regionales. No podemos determinar con seguridad los intereses de cada una de las regiones españolas —la agricultura en Castilla, la manufactura en Cataluña y la minería en el País Vasco—. Esto nos impide definir si la política de bajo riesgo y baja rentabilidad fue elegida deliberadamente o si, por el contrario, fue impuesta. De cualquier forma, la evidencia circunstancial de que el período 1880-1913 fue de relativa paz y estabilidad interna, al menos comparado con los períodos anteriores y posteriores, indica que se trató de una política elegida libremente y guiada por presiones internas.
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Durante finales del siglo XIX y comienzos del XX, España estuvo tentada a ingresar en el patrón oro, pero, aunque realmente existía el compromiso creíble de su adopción, solo se tomó la decisión de seguirlo de cerca. Manteniendo siempre abierta esta posibilidad, España terminó siguiendo una política de bajo riesgo y baja rentabilidad, una estrategia que le permitió aislarse de las perturbaciones internacionales, consiguiendo al mismo tiempo parte de las ventajas del sistema, pero sin someterse por entero a él. La política de bajo riesgo y baja rentabilidad resultó muy beneficiosa para el país, ya que, a través de ella, España fue capaz de disfrutar de una serie de ventajas proporcionadas solo a los miembros del patrón oro, aunque obviamente decisiones de esta índole no iban a venir sin coste alguno para la economía española.